domingo, 16 de septiembre de 2012

1001 Experiencias

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Los hombres que no supieron amar a Ava Gardner

Posted: 15 Sep 2012 11:00 PM PDT

Ava y Burton durante el rodaje de “La Noche de la Iguana” (1963)

A finales de septiembre de 1963 la pequeña ciudad costera de Puerto Vallarta, en México, se convirtió en testigo de algunas de las borracheras y peleas más legendarias que hallan tenido como telón de fondo un rodaje hollywoodiense. También fue el escenario de algunas conversaciones sobre poetas malditos, del contoneo del culo de Elizabeth Taylor embutido en los shorts más imposibles o de los episodios bipolares y mezquinos del director de la cinta, John Huston.

"La noche de la Iguana "convirtió a ese pueblito del Pacífico en el que los escorpiones se colaban en tu plato de pozole de camarón, en un destino exótico donde construir casas a cambio de calderilla para los pudientes americanos. Que Richard Burton, Elizabeth Taylor y Ava Gardner se dedicaran a agotar el tequila y el whisky de todas las tascas de los alrededores, a hablar durante horas de Dylan Thomas y a hacer esquí acuático al lado de tu malecón es lo que tiene. La mitología del cine, una vez más, haciendo por un vestido o, en este caso, por un destino lo que jamás podría el mejor equipo de marketing del mundo.

La historia pecaminosa de Burton y Taylor (condenada por el Papa y todo, que debía ser muy fan del Hollywood Confidential o de la Star Magazine) era a los 60 lo que el escándalo Sinatra- Gardner a los 50. En la isla había más periodistas que lugareños pero en el fondo Liz disfrutaba de todo eso mientras esperaba que el galés adúltero le colocara el diamante definitivo en el anular. De lo que no disfrutaba tanto es de ver como su Dick miraba a la Gardner, de cómo se reían y bebían hasta quedarse dormidos encima del merendero cada noche.

Elizabeth se olía la amenaza hasta con la nariz tapada. Y Ava Gardner, diez años mayor que ella, desgreñada y ojerosa, como su Maxine Faulk de "La noche..", podía mandar al cuerno el bronceado y maquillaje perfectos de Liz, sus blusas transparentes y sus susurros al oído de Burton cada vez que Huston gritaba: ¡Corten!

Ava Gardner siempre causó ese efecto, hasta el final de sus días. Hacía que tanto los hombres como las mujeres se sintieran hormigas a su lado, pero eso sí, unas hormigas irremediablemente atraídas por ese frasco de miel de la pegajosa, de la que no te puedes quitar el tacto ni el sabor después de probarla.

Ava dejó caer con pequeños indicios al final de su vida que se arrepentía de muchas cosas, sobre todo de las que no había hecho (como por ejemplo, ser madre). Pero también insinúo que esa noche interminable en la que vivió durante décadas, esa libertad e independencia que jamás llegaron ni a olisquear el 90 % de las mujeres de su tiempo, se convirtió en una soledad punzante y en el recordatorio arrugado de todo lo que pudo ser y no fue. La que fue posiblemente la mujer más deseada y hermosa de la historia del cine al final murió sola, viendo sus viejas películas en televisión y pegada a la nostalgia pese a que siempre intentó evitarlo a toda costa. Después de Sinatra, ya no era de las románticas, era de las prácticas. Ella de un modo u otro eligió renunciar a ese amor definitivo, pero como para no hacerlo. Y es que Ava Lavinia las pasó canutas en esto del amor. Y estos señores, unos más y otros menos, contribuyeron a ello:

Mickey Rooney

Rooney acompaña a su señora en la convalecencia tras una apendicitis

Hay que ser obligatoriamente fan de un tipo como Rooney. Un señor cuyo primer crédito cinematográfico data de 1927 y que todavía está vivo y en activo no es moco de pavo. Este showman de cara cómica, casi grotesca, al que solo separan 1.57 cm del suelo fue el primer hombre que cató a la Gardner, algo con lo que el nonagenario "Andy Hardy" todavía se hincha como un pavo al recordar. Se conocieron en 1941, cuando a Ava, recién llegada a Culver City, la llevaron a dar una pequeña vuelta por los estudios. Se lo encontró disfrazado de Carmen Miranda para una parodia de una de sus películas con Judy Garland. Imaginaos la escena. Ava, virgen de tests de pantalla y de todo lo demás, lo saludó, muerta de vergüenza. El quedó impactado. " Quedé paralizado. Mi corazón. Mi respiración. Mis pensamientos". Después de insistir durante semanas consiguió una cita pero Ava no parecía impresionada. Aún así y sin que a día de hoy nadie se lo explique, consiguió ganársela. Mientras Mickey se volvía loco ante el rechazo de su despampanante starlet a acostarse con el, ella se iba enamorando sin darse cuenta. 25 propuestas de matrimonio después llegó el SI. La vida era maravillosa: primeros papeles, aunque insignificantes, cenas en Washington con el presidente Roosevelt (que no podía dejar de mirarla según cuentan), copas, golf… Pero los celos y las formas de ver la vida tan distintas solo tardaron un año en orquestar ese primer divorcio para ambos. Mickey agachó las orejas y aunque triste por perderla, eligió firmar sin rechistar y casi sin preguntar. Al final este matrimonio no fue más que un pequeño calentamiento, una introducción al mundo en el que se movería como pez en el agua pero del que saldría escaldada: el de los hombres.

Artie Shaw

1945

Músico genial y legendario por su maña con las mujeres, Artie Shaw fue un ególatra mezquino al estilo de Arthur Miller, que hizo con Ava (y supongo que también con otras de sus innumerables esposas) lo mismo que el dramaturgo con Marilyn Monroe: dejar su autoestima por los suelos. Desde la primera cita quedó bien claro que a Artie poco le interesaba lo que Ava tuviera que decir pero ella se dejó querer. Lo admiraba desde que era una niña y no pudo evitar sentirse impresionada por todo lo que el sabía y que parecía querer compartir con ella. Pese a que su arrogancia acababa ensombreciendo cualquier tipo de amabilidad o muestras verdaderas de amor, Ava acabó casándose con el, cayendo sin red en una convivencia llena de desprecios, malos modos y pedantería. Artie obligaba a Ava a leer lo que el quería, a no utilizar determinadas expresiones y la ridiculizaba constantemente en público. Un día, mientras estaban tomando unas copas entre amigos, Ava se descalzó y apoyó los pies en una silla. Shaw la miró con despreció y le dijo: “¿Pero que demonios haces? ¿Te crees que todavía estás en una plantación de tabaco?”. En otra ocasión descubrió que Gardner estaba hojeando el best seller Forever Amber y le recriminó que comprara semejante basura para retrasados. Así se las gastaba el mítico interprete de Beguin the Beguine. Si por desmitificar que no quede. Y si todavía no os podéis hacer una idea de lo capullo que era Shaw os dejo la perla que soltó cuando le preguntaron por la muerte de su ex -mujer: ¿Qué queréis que diga sobre algo que representa una parte de tu pasado que ya no no reconoces en absoluto? No tengo ni idea de quien es ella. No tengo nada que decir. Arruinó su vida." Que clase. Por cierto, en uno de estos giros implacablemente irónicos del destino, el del clarinete se casó con la autora de esa supuesta basura literaria para retrasados. Y Ava tuvo su ultima carcajada mientras se fumaba el enésimo cigarrito…

Frank Sinatra

1952, en el Flamingo

Cuando se enteró de la muerte de Ava, Sinatra se encerró en su habitación toda la noche y no salió hasta el siguiente anochecer pese a la preocupación e insistencia de su familia. Cuando por fin abrió la puerta, según su hija Tina, no podía hablar y sus ojos estaban hinchados y vacíos. Frank Sinatra gozó de una de las vidas más fascinantes del show business y tuvo más mujeres de lo que cualquier hombre podría soñar en cinco vidas. Pero Ava fue la única para el. Después de Ava nada fue igual y la chica sureña que andaba descalza y mascaba tabaco cambió al crooner cascarrabias y maniático para siempre. Después de Ava todas las chicas eran "broads" (fulanas), todo ataque de furia se consumía todavía más rápido pero más feroz, como queriendo compensar un dolor que nunca se fue del todo, algo que ni Mia Farrow ni Barbara Marx, sus siguientes señoras, pudieron hacerle olvidar. Todas lo sabían y seguían temiendo al fantasma de lo que Ava fue en su momento. Barbara, esa musa de las "gold diggers" de toda una generación, incluso le prohibió hablar con ella o verla incluso cuando estaba enferma ; a una Ava paralizada de medio cuerpo por una embolia, envejecida y agotada. Ya os lo decía antes: la Gardner siempre causó ese efecto.

Cuando se casaron Ava era la poderosa y la verdadera estrella. Sinatra había caído en desgracia, estaba pasado de moda. Ya no vendía discos como antes y las ofertas en el cine eran cada vez de peor calidad y con menos ceros en el cheque. De hecho, el mito que rodea la vuelta a lo grande de Frank con "De aquí a la eternidad" , siempre relacionado a la influencia de sus amigos mafiosos no tiene nada que ver con lo que ocurrió en realidad a no ser que uno de esos capos fuera la propia Ava. Ella consiguió que le dieran la oportunidad a cambio de un salario irrisorio y una dedicación absoluta durante semanas. Frank nunca olvidó quienes estuvieron ahí en las horas más bajas y Ava fue una de ellos. Estaban tan enamorados que sufrían más de lo amaban. Se morían de celos y se peleaban como fieras, a veces por aburrimiento, a veces por una obsesión que terminó acabando con ellos. Ava armaba la de San Quintín cada vez que lo veía hablar más de la cuenta con una mujer a la que no conociera y el se sentía poca cosa para ella. Durante el rodaje de Mogambo quedó marcado el principio del fin: Ava decidió abortar el niño que esperaba ante la situación tan delicada por la que pasaba su matrimonio. Sinatra casi se vuelve loco. Años después le decía a sus amigos: " Debí matarla por lo que nos hizo, a mi y al bebé. Pero no podía, jamás podría, la amo demasiado".

Luis Miguel Dominguín

En una ocasión, después de haber pasado unos días con ella en Roma, al torero, como le llama la Bosé, le preguntaron que qué tenía pensado hacer ahora que estaba de vuelta en Madrid. Muy fino él, que siempre lo dijo todo a golpe de pocas palabras, soltó sin hacer ni una mueca: " Dormir y descansar 3 días seguidos". Así se podría resumir el affaire de la Gardner con el matador más famoso de la segunda mitad del siglo (con permiso de Ordóñez, su cuñado para más inri). Después de su divorcio de Sinatra y asqueada con la industria y la vida en general, Ava se propuso vivir la vida y empacharse de ella si hacía falta en la España franquista de los 50. Así era ella, una locura maravillosa, llena de contradicciones. Con Dominguín vivió una de las grandes pasiones de su vida y gracias a el conocería a personas que la marcarían para siempre, como el escritor Ernest Hemingway, que se convirtió en su gran confidente y compañero de juergas etílicas, sin traspasar jamás la línea de lo platónico. Mientras Ava rodaba “La Condesa Descalza” con Bogart, este se metía con Sinatra diciéndole que a su ex le iban las nenas con bailarinas y medias rosas más que los tipos duros como el. Frank, que todavía intentaba recuperarla enviándole tartas y flores a través de Lauren Bacall, se subía por las paredes. Pero lo de Ava con Dominguín tenía los días contados: Ava estaba muy lejos de ser esa mujer conservadora y madre de familia de misa de los domingos. El torero solo se lo propuso una vez. Ante la negativa y la aparición de Lucía Bosé casi al mismo tiempo, todo había terminado.

Walter Chiari

Supongo que ya os imaginareis que Ava no le guardó luto alguno al matador. Imagináis bien. Durante el rodaje de “La Condesa Descalza”, Ava conoció a Walter Chiari, un cómico milanés que, sorpresa, sorpresa! había sido novio de la incipiente esposa de Dominguín, Lucia Bosé. Chiari se volvió loco por Ava e hizo lo imposible por entrar en su círculo. En 1956 ya eran inseparables e incluso vivían juntos en un apartamento en Roma. Ava aplaudía entusiasmada sus shows en el teatro, se divertían, viajaban… pero las peleas eran descomunales. Cientos de gritos y reconciliaciones después, Ava perdió el interés. Tres años de idas y venidas sin destino final aparente la convencieron de que no tenía ningún sentido seguir con aquello y de que Chiari era un pusilánime. La Gardner había aprendido la lección: desvincularse tan rápido como engancharse. O al menos eso creía.

George C. Scott

1965

Si hubo un hombre en la vida de Ava que le hizo realmente daño y que bloqueó para siempre cualquier posibilidad de que la actriz se planteara cualquier tipo de relación estable durante las dos últimas décadas de su vida ese fue el actor George C. Scott. A su vez, todo hay que decirlo, es probablemente el hombre del que estuvo más enamorada después de Sinatra. Actor brillante y excéntrico (os recomiendo que lo veáis en Patton o en El buscavidas, interpretaciones para enmarcar), Scott era un hombre torturado, alcohólico y con un temperamento imprevisible. Ava le conoció durante el rodaje de “La Biblia “y se enamoraron como locos. Parecían tenerlo todo en común: la pasión, la bebida, la poesía, una opinión pésima sobre la industria del cine… Pero dos personalidades así solo pueden hacerse estallar la una a la otra. Los celos, bañados con vodka y noches sin dormir consumían a Scott, que pasó de tirar sillas y romper camas a desencajarle un hombro a Ava tras una pelea monumental. Después vinieron los puñetazos. Todo el equipo de la película estaba horrorizado. A Peter O'Toole, que tenia un pequeño papel en la cinta, tuvieron que frenarle para que no fuera a darle una paliza a su colega. Después venía lo de siempre, lo previsible: mil perdones, llantos, ruegos. Y Ava, sorprendentemente, perdonaba, al menos durante un tiempo. Nadie podía entenderlo. Hasta que llegó “Otelo”, mirad que oportuno. Un día fueron a ver la obra en Londres y a Scott se le volvieron a cruzar los cables durante las copas posteriores. Otra vez golpes y mesillas de noche rotas. El fin. Si el amor había pasado a ser sinónimo de dolor y rabia tras la experiencia con Sinatra, después de Scott ya no quedaba ni un ínfimo adjetivo amable con el que describirlo. Luego llegarían más amantes, claro, pero todo muy superficial y con los discos de Sinatra sonando de fondo, como para dejar las cosas claras. El único que probablemente la quiso de verdad, pero que como suele pasar en las historias de amor que más nos fascinan, no supo hacerlo bien.

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